El sector agroindustrial y agronómico se enfrenta a un desafío sin precedentes por la inminente consolidación de un nuevo fenómeno climático de escala global. El espectro de un Superniño proyecta un panorama de alta incertidumbre técnica para la campaña agrícola actual. Aunque la temporada de inicio de año mostró un dinamismo favorable para la balanza comercial de nuestro país, las alertas tempranas emitidas por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE. UU. (NOAA) y el Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (ENFEN) han obligado a los especialistas a reconfigurar de manera integral sus planes de manejo fitosanitario y nutricional. Esto con el objetivo de mitigar pérdidas drásticas en el campo y salvaguardar la rentabilidad de las inversiones agrarias frente a variaciones extremas en los regímenes de temperatura y humedad.
El fenómeno de El Niño es la fase cálida del ciclo acoplado océano-atmósfera conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS). Científicamente, se define cuando la temperatura superficial del mar (TSM) en el Pacífico central (región Niño 3.4) supera el umbral de +0.5º C por encima de su promedio histórico durante un periodo prolongado, alterando el acoplamiento con los vientos alisios y debilitando la surgencia de aguas frías profunda.
Sin embargo, cuando este calentamiento anómalo es excepcionalmente intenso y los modelos dinámicos proyectan anomalías que superan los +2ºC o incluso +3ºC hacia el cierre del año, la comunidad científica utiliza el término informal de Superniño. El volumen de energía calórica transferido desde el océano hacia la atmósfera bajo estas condiciones es tan masivo que altera drásticamente la corriente en chorro (jet stream), desatando simultáneamente sequías extremas, olas de calor sin precedentes e inundaciones severas en hemisferios opuestos. Históricamente, el planeta solo ha registrado tres eventos de esta magnitud en la era moderna: 1982-83, 1997-98 y 2015-16. Para el ciclo actual, las probabilidades de que se consolide este escenario extremo a nivel global son sumamente elevadas, estimándose en un 35 % la probabilidad de alcanzar dicha categoría crítica según los consensos de las principales agencias meteorológicas del mundo.
Para los ingenieros agrónomos y tomadores de decisiones en el agro, es fundamental discriminar la dinámica meteorológica de ambos eventos, ya que sus impactos geográficos y agronómicos difieren sustancialmente:
Los contrastes regionales que impone un evento de esta naturaleza polarizan la productividad del continente, obligando a los productores a adaptar sus estrategias de manejo de suelos y aguas. Mientras que el sudeste de América del Sur (sur de Brasil, Uruguay, Paraguay y el norte de Argentina) suele registrar precipitaciones superiores a lo normal —lo que puede beneficiar ciertos rendimientos de cultivos extensivos si se previene el anegamiento físico y la erosión hídrica de los suelos—, las regiones del norte continental sufren el impacto opuesto con mermas severas de rendimiento.
En Colombia, Venezuela y el Corredor Seco centroamericano, el calentamiento global actúa como un poderoso amplificador de este fenómeno. Esto provoca sequías hidrológicas extremas, estrés térmico severo en cultivos anuales, disminución en la generación de energía hidroeléctrica y un incremento exponencial en la tasa de incendios forestales que devastan la frontera agrícola y la Amazonía debilitada, limitando drásticamente el suministro de agua para riego tecnificado.
De acuerdo con el riguroso análisis sectorial detallado en el documento Impacto del Fenómeno El Niño 2026 en el Agro Peruano elaborado por el Instituto IDIAT, el sector agropecuario peruano inició el año con un crecimiento de alrededor del 2.4% impulsado por una mayor superficie cosechada; sin embargo, la activación de la alerta climática ha puesto en jaque esta tendencia positiva. Los gremios agrarios reportan que más de 6,000 hectáreas en regiones estratégicas como Tumbes, Piura y Arequipa ya han resultado severamente afectadas por excesos de humedad, desborde de ríos y desórdenes térmicos.
Los principales impactos agronómicos del Superniño identificados en el territorio nacional abarcan:
En regiones como Arequipa, las intensas precipitaciones asociadas al disturbio costero provocaron el colapso de más de 40 kilómetros de infraestructura hídrica, dejando a más de 2,000 agricultores sin canales matrices de riego en distritos clave como Hunter, Tiabaya, Sachaca y Yanahuara. Esto interrumpió de inmediato el suministro de agua y provocó la pérdida total de cultivos críticos de panllevar como cebolla, ajo, papa, arveja y zanahoria debido al estrés por anoxia radicular y el lavado de nutrientes en el perfil del suelo.
César Santisteban, director general de estadística del Midagri, advierte que el calor anómalo en otoño e invierno —con temperaturas costeras proyectadas de hasta +3ºC por encima del promedio— impide que cultivos permanentes como el limón, la palta, el mango y los arándanos acumulen las horas de frío necesarias. Fisiológicamente, la falta de temperaturas bajas inhibe la biosíntesis de citocininas y promueve un desbalance hormonal que favorece el crecimiento puramente vegetativo. Esto genera una masiva caída de yemas florales, retrasos críticos en la acumulación de materia seca y mermas severas en el volumen exportable del segundo semestre.
Las altas temperaturas aceleran exponencialmente el metabolismo de los insectos plaga y acortan sus periodos de incubación. Según datos oficiales del SENASA, el ciclo biológico de la mosca de la fruta, que en condiciones normales oscila entre 30 y 35 días, se reduce a menos de 25 días durante un invierno cálido atípico. Esto posibilita múltiples generaciones de la plaga en un solo mes, donde una sola hembra es capaz de ovopositar hasta 700 huevecillos, amenazando la sanidad y la certificación fitosanitaria de los campos exportadores.
El binomio de alta temperatura y humedad relativa saturada crea el microclima ideal para la germinación y diseminación de patógenos fúngicos. Hongos de suelo como Phytophthora e infecciones de follaje como Botrytis y mildiu amenazan con mermar los rendimientos en ventanas de siembra que ya se encuentran desfasadas por la alteración de los calendarios agrícolas.

Ante la inminencia de un Superniño, la resiliencia y rentabilidad de la campaña agrícola dependerá exclusivamente de la anticipación y del uso de herramientas fisiológicas y fitosanitarias de alta performance. En Farmex, recomendamos estructurar un programa preventivo enfocado en tres frentes de acción, utilizando tecnologías validadas en nuestras hojas técnicas oficiales: